El Lobo Feroz y el Conejito — cuento animado para niños

📖 Edad recomendada: 2-7 años · ▶ Duración: 8:41 · 💡 Moraleja: Quien le cava un hoyo a otro puede acabar cayendo en él

▶ El dibujo animado

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Lo que pasa en el dibujo animado

En un bosque de abetos, el Conejito ve que sus zanahorias ya casi están listas para sacarlas y sale a buscar una azada nueva y unas cajas a casa de su primo, el erizo. El Lobo Feroz le prepara una trampa: una manzana en medio del camino, junto a un tronco. Pero la trampa no sale como esperaba, el tronco acaba golpeando al propio lobo y el Conejito sigue tranquilamente su camino.

El lobo no se rinde. Cava un hoyo, lo cubre con ramas y hojas y se disfraza de abuelita. Le pide al Conejito, al que llama «caballero», que le traiga una cesta llena de cosas ricas que, según dice, le ha quitado una «serpiente enorme». El Conejito ve que la serpiente es solo un palo y trae la cesta, pero pesa tan poco que no cae en el hoyo. Cuando el lobo intenta atraparlo de otra manera, el que cae en el hoyo es él, y se lastima la cola.

El Conejito, creyendo que la abuelita está en apuros, corre a su casa a buscar una escalera. Al volver, encuentra al lobo dormitando sin el disfraz y lo entiende todo. Aun así lo perdona y le baja la escalera, con la condición de que lo deje en paz. El lobo lo promete, sale del hoyo y corre a su guarida a curarse la cola.

Cuento para leer

Había una vez, en un bosque de abetos, un conejito muy trabajador. Una mañana miró su huerto y se puso muy contento.

—¡Las zanahorias ya casi están listas! Necesito una azada nueva y dos o tres cajas. Voy a pedírselas a mi primo, el erizo.

Pero en ese mismo bosque vivía también el Lobo Feroz, que solo pensaba en travesuras.

—¡Esta vez sí que atrapo algo! Quien venga por esta manzana no verá el tronco y caerá en mis patas.

No tuvo que esperar mucho. Por el sendero llegó el Conejito, dando saltitos.

—¡Mira, una manzana en medio del camino! ¿A quién se le habrá caído?

—¡Te tengo! —gritó el lobo.

Pero el tronco se atascó, y cuando el lobo tiró de él, se soltó de golpe y lo golpeó a él.

—¡Ay! ¡Ay, ay!

El Conejito siguió tranquilamente su camino. El lobo se frotó el chichón y gruñó:

—¡Ya verás, tengo otro plan!

Bajó por la montaña, por donde tenía que pasar el Conejito, y cavó un hoyo profundo. Lo cubrió con ramas y hojas hasta que no se veía nada.

—¡Ya me lo imagino cayendo de cabeza en el hoyo!

Luego se escondió detrás de un arbusto y se puso ropa de abuelita: falda larga y pañuelo en la cabeza. Cuando oyó pasos, empezó a gritar con vocecita fina:

—¡Socorro! ¡Socorro!

—¿Qué ha pasado, abuelita? —se acercó el Conejito.

—¡Qué suerte haberte encontrado, caballero! ¡Ayuda a esta pobre abuelita! ¡Una serpiente enorme me ha quitado la cesta con cosas ricas y la necesito mucho!

—¿Una serpiente? Yo no he visto ninguna serpiente. Pero vamos, enséñame dónde está la cesta.

El lobo lo llevó directo hacia el hoyo.

—¡Mira, allí está, hijito! ¡La serpiente! ¡Por favor, salva la cesta!

El Conejito miró bien y sonrió.

—No hay ninguna serpiente, abuelita. Es solo un palo. Todo está bien. Quédese ahí, que yo me encargo.

Saltó con cuidado sobre las ramas, tomó la cesta y volvió. Pero las ramas ni se movieron, porque el Conejito pesaba muy poquito.

«¿Por qué no se cae?», se extrañó el lobo. «¡Bueno, lo atraparé de otra manera!».

Dio un paso grande hacia el Conejito, justo encima de las hojas y… ¡pum!, el que cayó en el hoyo fue él, y se dio un buen golpe en la cola.

—¡Ay, ay, ay!

El Conejito creyó que la pobre abuelita se había resbalado.

—¡Tranquila, abuelita! Corro a casa a buscar una escalera. ¡Vuelvo enseguida!

—¡Ve, muchacho, ve deprisa!

Dentro del hoyo, el lobo se quitó el pañuelo y la falda.

—¡Qué calor! Menos mal que no se ha dado cuenta. Voy a descansar un poquito hasta que vuelva.

Y se tumbó, y se quedó dormido.

El Conejito corrió tan rápido que volvió con la escalera en un abrir y cerrar de ojos. Se asomó al hoyo y se quedó con la boca abierta.

—¡Eras tú, lobo! ¡Y yo que de verdad quería ayudarte!

Podría haberlo dejado allí, pero no tenía corazón para hacerlo. Bajó con cuidado, tomó la ropa de abuelita y luego gritó desde arriba:

—¡Abuelita, ya traje la escalera!

El lobo se levantó de un salto.

—¡La escalera! Rápido, tengo que vestirme antes de que me vea… Pero ¿dónde está la ropa? ¡Ladrones! ¡Ladrones!

—No hay ningún ladrón, amigo lobo —dijo el Conejito—. ¿Por qué no me dejas en paz?

—Solo quería gastarte una broma. ¡Ya sabes que soy muy bromista! Perdóname la trampa y sácame de aquí, por favor. ¡No lo volveré a hacer!

—Te bajo la escalera, pero si no me dejas en paz, la próxima vez no te ayudaré. ¿Trato hecho?

—¡Trato hecho! ¡Te lo prometo por mi pelaje, desde hoy te dejo en paz!

El Conejito bajó la escalera al hoyo. El lobo subió peldaño a peldaño, le dio las gracias y, en cuanto se vio arriba, salió corriendo hacia su guarida a curarse la cola. Y el Conejito se fue a lo suyo, a sacar sus zanahorias.

Así aprendió el Lobo Feroz que el hoyo que cavas para otro te puede atrapar a ti.

Quien le cava un hoyo a otro puede acabar cayendo en él.

Fin. 🐰🪜

Por qué les encanta a los niños

Preguntas frecuentes

¿De qué trata El Lobo Feroz y el Conejito?

El Conejito va a pedirle a su primo el erizo una azada nueva para sacar sus zanahorias. El Lobo Feroz le prepara primero una trampa con una manzana y un tronco, que le sale mal, y luego cava un hoyo cubierto de ramas y hojas y se disfraza de abuelita para pedirle ayuda con una cesta robada por una serpiente. Al final es el lobo quien cae en el hoyo, y el Conejito lo saca con una escalera.

¿Qué enseña el cuento?

Que quien le cava un hoyo a otro puede acabar cayendo en él. El lobo preparó el hoyo para el Conejito y terminó dentro, con la cola dolorida.

¿Por qué el Conejito ayuda al lobo al final?

Porque le da pena. El Conejito descubre que la abuelita era en realidad el lobo, pero aun así le baja la escalera, con la condición de que lo deje en paz. El lobo lo promete por su pelaje y corre a su guarida a curarse la cola.

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